



Os dejamos la ficha-crónica elaborada por Miguel Barbero a través de los comentarios de Teo Checa.

Que mejor manera de presentar a la mascota deportiva de Villanueva del Duque, «Cuervi», que anunciando la victoria de un villaduqueño en el Campeonato de Córdoba de Tenis.
Nuestro vecino Juan José Leal logró la victoria en el campeonato provincial absoluto de tenis, celebrado en las pistas de quick del club Escudería. Juanjo derrotó en la final de esta competición al jugador José Luis Fernández por 6-2 y 6-1. La final contó con la presencia del miembro de la Junta Directiva de la Federación Española Francisco Agudo. Leal dejó claro en este encuentro que su juego ha progresado tremendamente en las últimas temporadas tras su marcha a la escuela de la Federación Andaluza de Tenis.
Volviendo a «Cuervi», deciros que es obra del diseñador cordobés Alejandro Rodríguez y ha sido registrado por el Ayuntamiento para que se convierta en un símbolo exclusivo en todo lo relacionado con las actividades deportivas de Villanueva del Duque.
En la actualidad «Cuervi» tiene las modalidades General, Fútbol ( donde luce orgulloso los colores azul y blanco tradicionales ) , Tenis-Padel y Basket.

Nos llega un correo electrónico del Grupo de Misiones de Villanueva del Duque, en el que piden colaboración de todos los villaduqueños y villaduqueñas, dice así:
«El grupo de misiones organiza el Sábado 31 de Octubre por la tarde y el día 1 de Noviembre la tradicional tómbola del Domund o Jornada Mundial de las Misiones.
Para ello pedimos a todos los villaduqueños/as que colaboren llevando objetos. Estos objetos, que serán rifados, deberán tener algún valor, que no sean objetos de desecho, sino que sea algo que pensemos que a nosotros nos gustaría que nos tocase.
Todos los miércoles y los jueves a partir de las 18:30 horas de la tarde, estará abierta la iglesia para depositarlos allí.
El dinero recaudado será destinado a las misiones.
¡ÁNIMO Y A COLABORAR TODOS! GRACIAS«
Villanueva del Duque destaca año tras año por su participación y generosidad para la campaña misionera y este año seguro que nos superamos.

Esta reseña es la de un libro que llegó tarde. El primer libro que escribió entre 1996 y 2002 el joven poeta cordobés Francisco Onieva, que, ahora, a finales de 2008 se publica, si bien no perdiendo la vigencia de todo buen libro de poemas, si con las agradables resonancias del poeta que empieza. Extraña lectura para el que ha leído ya sus dos últimos libros Perímetro de la tarde (accésit “Adonais”, Madrid, Rialp, 2007) y Ventanas de invierno (XXI Premio “Cáceres Patrimonio de la Humanidad”, Madrid, Visor, en prensa). Gratifica, no obstante, reconocer en estos versos la sonrisa y las lecturas del amigo con el que uno empezaba a escribir… así la timidez de entonces, y el talento, ahora incuestionable. Varias veces al leer o releer el primer libro de alguien próximo, se sorprende uno descubriendo por primera vez la valía y madurez poética de unas palabras cuya cercanía nos ciega tan a menudo. Al contrario, quizá, de lo que cabe esperar, los poetas de nuestra propia generación, y más si son amigos, somos nuestros peores lectores, pero, igualmente, cuando el tiempo pasa, posiblemente cuando ya no se corre el riesgo de la comparación, la anagnórisis tarde y necesaria nos vence, nos convence.
La escuela no miente. El poema prólogo del libro, cual grafiti pompeyano, grabado en piedra, o invitación votiva… el juego semiótico del metalenguaje: “el hueco / que dejan otras manos”… cuando al girar la página aparece sobre el folio, con la grafía recta de la familia Roman, similar a la inscrita en piedra: OTRAS MANOS, dando nombre a la primera parte del libro, como juego de espejos o manifestación de la moderna retórica del “libro abierto”.
Como buen discípulo, desde el principio deja claro el rastro de sus pasos, las lecturas de Machado, Kavafis, la herencia del discurso conversacional entre senequista y horaciano, el tono de la epístola poética: “Cómo envidio, José, a los pescadores / de estas casas”, y el eco elegíaco de “Los pasillos resuenan a silencio”. El halo descriptivo de sujetos inanimados, volviéndose en poderosos actantes poéticos: “El sol tiene un color…”, “Los carros dejan su fría huella / de metal…”, “La mañana se ha roto antes de comenzar”. A veces narrativo, fabulador, misterioso: Oriente, África. Como primer buen libro denota las lecciones aprendidas: la síntesis pura y junaramoniana, la cotidianidad descubierta: “para mí, la costumbre / de poner al revés / los vasos en la mesa”. Pero apunta pronto una voz propia, palabras que denotan su emotividad arcádica, pronuncia de repente sin complejos de moderno cosas como “abrojo”, “abejaruco”, “antracita”… donde se anuncia ya esa mirada de naturaleza próxima, ni ficticia, ni lírica, de sus siguientes libros. Palabras que en Onieva tienen una sombra real, más que lingüística.
El poemario todo denota una biografía emocional de experiencia sentida, de poetización vivida, esa mirada requerida en aquellos que deciden andar por la vida con el terrible esfuerzo de decirse poeta. Como si fuese un verso escrito, tres libros más tarde: “es sólo la certeza / de haber quemado etapas de mi vida”.
Eduardo Chivite (el poeta clásico).

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